miércoles, 3 de marzo de 2010

PERRO NEGRO: UN CUENTO DE RICHARD MAMANI HUMPIRE


PERRO NEGRO

Casi todos los viernes, para quitarme el aburrimiento que se traga mis días, suelo salir a dar unas vueltas, por sitios que son los de siempre. La escuela de literatura, donde alguna vez me matriculé en algunos cursos, es la opción favorita, conozco allí a muchos chicos que, hastiados de la decadencia universitaria, enjuagan sus ideas en unos buenos vasos de Ron. Luego, si los designios me han sido propicios, suelo terminar la noche arrimando a alguna muchacha, contra el colchón de algún hostal caritativo. A eso salí también ayer viernes, pero las cosas, esta vez, se han salido de cuadro, pero totalmente.

Eran las seis y oscurecía, con los universitarios todo marchaba bien hasta que Mauricio, de quien se diría, es mi único amigo, arguyó que a los escritores actuales, les faltaba absorber los temas fabulosos que continuamente estaban ocurriendo, incluso en nuestra propia localidad. Para corroborar su “reclamo” y complacer a la exaltación que le provocaban el licor y los cigarros nos contó una historia por demás espeluznante.

Empezó diciendo que en su barrio, como casi en todos los barrios, se estaba contratando a vigilantes para que custodiaran los vecindarios, contó también que él vivía a dos cuadras de un parque con canchas de fulbito y algunos juegos para niños, y luego, no sé si para darse aún más crédito, aludiéndome directamente añadió:

- Él conoce el parque, hemos jugado incontables pichanguitas ahí -succionó el cigarro, apuró el vaso y continuó-: ¿recuerdas broder, el martes que jugamos y no ganamos ni un solo partido?

- Sí, claro -contesté malhumorado-, y casi todos los goles fueron por tu culpa señor “arquerazo”.

- No me digas que todavía estás enojado por esa vaina man, el fútbol, es sólo un juego, no hagas tanto hígado… el asunto es que después sacamos un trago en mi jato, ¿sí o no?

- Claro, -asentí tratando de anticiparme para que continuara.

Mauricio pitó el cigarro, bebió el licor, tomó aire… y prosiguió: no daban aún las doce de la noche cuando tú te habías ido, pero como a los 10 minutos, en la calle, se escuchó un grito tan aterrador, que partiría el alma a cualquiera, un grito que, -después lo supimos- desesperó a toda la cuadra. En mi casa todos se despertaron y se precipitaron hacia la sala, querían saber si yo -que me preparaba a dormir- estaba todavía ahí, con este huevas. Les conté que te habías ido ya hace un ratazo, mi viejita preocupadísima, pensó que a este broder podía haberle pasado algo, hasta ahora ella cree que tú estudias conmigo. A propósito ya no me acuerdo de ni cómo, ni desde cuándo es que nos conocemos, algún día tenemos que hablar de eso, porque hasta ahora no sé, ni siquiera dónde vives.

Un frió desalentador invadía el parque por eso es que, a vaso lleno, nos calentábamos con el Roncito que también abrigaba, en eso Alex, uno de los nuevos en el grupo, dijo que ya quería irse, que si se quedaba, era solamente para oír en que terminaba el gracioso asuntito ese del grito a media noche, “seguro nos quieres asustar -dijo dirigiéndose a Mauricio- con esos cuentitos de fantasmas para hacerte el muy interesante”.

Yo, desde siempre he detestado a los jactanciosos, a los brutos y los cobardes. Y, notando que éste reunía las tres condiciones, le increpé: “Alex, nunca te anticipes a nada, el hecho de que en tu pequeña cabecita de incrédulo no entre una idea demasiado grande no te da derecho a burlarte así de Mauricio, dejemos más bien que escupa su rollo…”. Mauricio continuó, dijo que, armados por si acaso con un palo y precedidos por su madre, salieron a la calle (para llegar hasta la avenida se tenía que pasar por ese parque), mientras avanzaban dijo que en las casas solamente los perros ladraban despavoridos, y los ladridos desesperaban a las aves domésticas, llegando al parque, dijo que primero, no vieron a nadie, pero que luego, volviendo la mirada hacia la derecha, de repente se estremecieron de pavor. Un hombre uniformado, de espaldas a ellos, gemía arrodillado, después de unos segundos, tan largos, tal vez como en el tiempo en que se nos viene la muerte, dijo que su madre empuñando el palo se adelantó hacia el uniformado: “¿le pasa a usted algo señor?”… un grito idéntico al anterior, aunque con muchísimo menos alcance, fue la respuesta. Después, lentamente, el hombre les mostró su cara, era una cara sangrante, les observó unos segundos todavía espantado… era el vigilante.

Alex, que hace rato estaba de pie, se volvió a sentar, Mauricio succionó el cigarro, como si de él manara vida, la ceniza enrojeció hasta el colmo, consumió su ronda y continuó: “los relojes no daban aún las doce, lo que había pasado era que el vigilante había visto pasar a un tipo extraño vestido totalmente de negro, seguramente era este huevonazo que ya se iba y que siempre se viste así, después de un rato, al verlo desaparecer hacia el parque, el vigilante fue a chequear, pensando tal vez que se iban a tirar las rosas recién plantadas. El viento intenso, la bufanda y el pasamontañas no le dejaban mirar bien, llegó al parque y el vigilante nos dijo que no encontró a nadie, dijo también que se regresaba ya para su cabina, cuando en eso, siente, que uno de los columpios suena, como si alguien, a esas horas, se estuviese columpiando, primero no hace caso, porque sabe muy bien que cada tarde, el encargado, quien es bien estricto con sus deberes, amarra bien los columpios agrupándolos entre las cadenas, pero después, al notar que el ruido era muy intenso y muy persistente, voltea y… ¿qué creen que ve…? el vigilante ve a una señora de polleras que se balancea en uno de los columpios… como si fuera una niña ¡¡imagínenselo!!, pero eso no es todo… nos contó que ante tamaña aparición, se quitó el pasamontañas, desenroscó la bufanda, la observó más atentamente y… se dio cuenta que la señora no te-ní-a ca-be-za ¿pueden creerlo? pero que sin embargo se reía. “El cree que se reía de él”.

Las salivas titubearon en las gargantas debido a su grosor, algunos, para cubrir sus miedos, menospreciaron el relato. Mauricio que después de sus últimas palabras se quedó ensimismado, todavía calló aún más, como si adentro, en su espíritu estaría volviendo a vivir esas escenas. Después, con la mirada clavada en el vacío concluyó: “el vigilante, con los ojos demasiado abiertos, temblaba como un pichoncito acorralado, yo mismo lo he metido al taxi para llevarlo al hospital, porque la hemorragia que le había provocado la visión, no dejaba de sangrar. Dicen que el jueves, finalmente, terminó por fallecer, salió en las noticias cheken los diarios si no me creen”.

En el parque todavía se hicieron comentarios, se aludieron otras historias y así poco a poco, los universitarios se fueron yendo y el grupo se reducía más y más, finalmente quedamos sólo nosotros tres, Mauricio, yo y Alex que, extrañamente, no se iba. Pero el frió agredía, por eso, la idea de seguirla en algún VIDEO-PUB prosperó. Fuimos, en el camino ambos temblaban. No yo, a mí, me son desconocidos el miedo y el frío. A la media hora estábamos ante una mesa y una jarra de Ron. Recuerdo que Mauricio bailaba con una chica, tan entusiasmado, que ni los amigos, ni la parranda eran ya su prioridad. Entonces es que Alex, en puro arranque de entusiasmo, me invita a continuarla en su casa. Acepto. Afuera, la madrugada se arrastraba por las calles con su rabo negro.

Íbamos ya a entrar en su casa, buscaba ya sus llaves, todo hubiera sido distinto si lo hubiésemos hecho, pero Alex, burdamente, pretextó que las había perdido. Su temor de “Alojar” a un misterioso desconocido, era, y con razón, la verdadera causa. Picado como estaba, un tanto molesto, decidí más bien invitarlo yo a mi morada, le advertí que no quedaba cerca. Dudó, tuve que animarlo, le sugerí que tenía unas primas que seguramente nos acompañarían. Se entusiasmó a medias, caminamos, bebíamos el trago a pico de botella y mi cólera había mermado, así calmado todo, seguramente, habría terminado bien, pero cuando notó que casi salíamos de la cuidad, volvió a retractarse. “Oye, ya te alcanzo, voy a orinar en aquel rinconcito”, se excusó. Mi cólera se volvió a encender porque, además, esperando que me fuera, demoraba demasiado. Después de unos minutos… “apúrate pues hermano…”, todavía le grité… avanzó, dos o tres pasos. La calle era ancha, los últimos postes de luz, apenas iluminaban el sector. Finalmente “oye mejor regreso”, dijo con un temblor que no era ya de frío. Mi furor llegó al límite “¡ya… anda nomás cabronazo!”, concluí poseído. Él, en cambio, me dio la espalda y raudo, se volvió para la ciudad que se bañaba en su propia luz. Sus pasos, eran decididos y alegres. Yo, enfurecido, continué mi marcha amparándome en el misterioso anonimato que siempre nos obsequia la oscuridad. Incluso hasta aquí, todo hubiera terminado bien, si no fuera porque Alex había volteado la cabeza por una última vez y ¿quién carajo sabe el motivo?, ¿acaso talvez quería despedirse? El caso es que al voltearse no vio a nadie, sólo vería a un perro, que se sacudía, como se sacuden todos los canes después de ser bañados. Pero lo insólito, es que este perro se sacudía como de unas ropas. Al instante se le habrá pasado la borrachera, seguramente abrió todavía más los ojos porque en el límite de la claridad y la sombra, no veía a ningún humano, veía tan sólo a un perro negro que en su trote ligero se perdía en lo desconocido de la noche, la visión seguramente le congelaba el alma… ahí, mientras miraba hacia donde antes andaba yo, se le adormecía la carne, dudaba de sus ojos porque no había nada ni nadie que atestiguara la verdad de lo que veía, en la cabecera de la noche, poco a poco, el calor se le iba del cuerpo, sólo unas gotas tibias de sangre inundaban, primero sus labios… después sus manos… luego su ropa.

Richard Mamani Humpire (Juliaca, Puno) Nació una mañana de algún día de Septiembre, en un sitiecito del Collasuyo. Ha ganado algunos concursos pero no desea enumerarlos. Estudia en la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa. Pasa la mayoría de su tiempo discutiendo con sus textos y algunos acordes de guitarra.

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